La pequeña y poco conocida iglesia de Santa María del Carmine en Florencia esconde uno de los mayores tesoros de la ciudad y es sin duda uno de mis lugares favoritos de la capital de Toscana.

No es una de las visitas más frecuentes en la bella ciudad, más bien al contrario ya que está situada en Oltrarno, “al otro lado del Arno”, zona que durante mucho tiempo fue socialmente considerada de menos categoría ya que allí vivían los que no podían permitirse el lujo de residir más cerca del centro de poder religioso o civil. Así fue hasta que en el siglo XVI los Medici se instalaron en el Palazzo Pitti, que no se encuentra demasiado lejos de la iglesia que hoy visitamos.

Sólo hay que caminar por el Borgo San Frediano hasta encontrarnos con la Piazza del Carmine, que tampoco llama demasiado la atención. Allí, una iglesia de fachada austera y trazas carmelitas se levanta sin llamar demasiado la atención en una ciudad en la que las portadas eclesiales son maravillosas. No nos engañemos, lo mejor de esta iglesia está en el interior.

Carmine Florencia

Fachada de la iglesia del Carmine. Imagen de dvdbramhall bajo licencia de Creative Commons.

Tras un incendio ocurrido en 1771 la iglesia del Carmine quedó prácticamente destruida, salvándose eso sí los puntos de mayor interés, y se restauró en un estilo tardo barroco que no pega demasiado con el punto de mayor interés. Éste se encuentra a la derecha del transepto o crucero y no es otro que la llamada Capilla Brancacci.

Milagrosamente salvada del fuego constituye un espacio artístico único en el que se puede admirar el primer ciclo de frescos del Renacimiento. De hecho, en diversos frescos se puede apreciar la evolución de la pintura a lo largo de los años.

La vida de San Pedro se encuentra aquí narrada por encargo en 1424 del mercader Felice Brancacci que dio nombre a la capilla. Hay que destacar la intervención de diferentes manos de maestros del Cinquecento: fue iniciada por Masolino en 1425 aunque bastantes episodios se terminaron gracias a su discípulo Masaccio que no vio completada su obra antes de morir. Cincuenta años después, Filipino Lippi los terminó.

A la derecha de la capilla se encuentran los frescos de Masolino, en ellos es minuciosa la pintura del detalle procedente de la tradición gótica, tal y como podemos ver en la pareja de caballeros que pasean conversando con turbantes. La “tentación de Adán y Eva”  del autor es estática y con un punto de hieratismo así como con la realización detallista del Árbol del Bien y del Mal en el que casi podemos contar las hojas.

Caballeros realizados por Masolino con todo detalle. Imagen de Campra bajo licencia de Creative Commons.

Caballeros realizados por Masolino con todo detalle. Imagen de Campra bajo licencia de Creative Commons.

Muy diferente es este mismo tema tratado por el discípulo, Masaccio, que se encuentra en el lado izquierdo de la capilla. La “Expulsión del Paraíso” aparece tratada de modo trágico tanto en la expresión de la cara de Eva, como en la furia del Arcángel y el gesto atribulado de Adán. Todos los sentimientos que pudieron tener los primeros padres aparecen aquí de manera moderna y directa, ya no es lo mismo que antes, la pintura ha dado un paso de gigante en los breves años que transcurren de una pintura a otra.

Adán y Eva expulsados del Paraíso, Masaccio. Imagen de Federico Moroni con licencia Creative Commons.

Adán y Eva expulsados del Paraíso, Masaccio. Imagen de Federico Moroni con licencia Creative Commons.

Masaccio tuvo una vida corta pero importante como maestro que dio el salto cualitativo en pintura para abrir el camino al Renacimiento. Los frescos de la “Vida de San Pedro” de esta capilla innovan no sólo en expresividad sino también al introducir la perspectiva arquitectónica y al dar volumen a los cuerpos, que antes se representaban de modo plano, mediante sombras. Fue elogiado por maestros como Leonardo, quien como Miguel Ángel, visitaron esta capilla de la que aprendieron para desarrollar su arte posterior.

Masaccio es mucho más sencillo en los detalles que su predecesor Masolino. Retrata a sus personajes tomando modelos del natural, mendigos y lisiados entre ellos, lo que fue considerado muy revolucionario en su época. Sus figuras son escultóricas y estilizadas, demostrando la admiración que sentía por Donatello, el gran escultor de su época.

Filippino Lippi retomó la tarea de terminar la Capilla en 1480, con el Renacimiento ya casi en plenitud. A él se deben los frescos inferiores de “San Pedro en prisión”, el “Juicio” y el “Martirio”. La lección ya está aprendida del gran Masaccio y la expresividad es palpable en figuras como la del guardián que duerme a la puerta de la cárcel.

Brancacci soldado

Soldado dormido de Filippino Lippi. Imagen de Campra bajo licencia de Creative Commons.

Así pues, si vais unos cuantos días a Florencia y os interesa conocer de primera mano la evolución de la pintura o simplemente queréis disfrutar de uno de los interiores más bellos e Italia, no dudéis en acercaros hasta la pequeña pero grandísima iglesia del Carmine.